domingo, 25 de abril de 2010

La Tertulia cumple 30 años

Texto de mi intervención en el trigésimo aniversario de La Tertulia, la noche del 19 de abril de 2010:

"En el principio fue el verbo, el pensamiento y la lucha. En el principio, aquí, en La Tertulia, hace ahora 30 años, hace hoy precisamente 30 años exactos. Pero no era un verbo cualquiera, sino la poesía comprometida; no era un pensamiento más, sino la ideología marxista; no era una lucha existencial, sino la lucha de clases. Franco había ya muerto, es verdad; la dictadura había dado paso a la santificada transición, es cierto; pero la lucha de clases seguía vigente, la dialéctica marxista era todavía entonces mayoritariamente tenida por necesaria. No como ahora, cuando parece haber triunfado la teoría del nuevo régimen globalizado, el fin de las ideologías dichosamente alcanzado tras la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS. La Unión Soviética ha muerto, ¡viva la Unión Europea! El comunismo soviético ha muerto, ¡viva el paraíso occidental, viva la democracia liberal! Sin embargo, no somos pocos los que pensamos y proclamamos que la verdadera, la gran epidemia de nuestro tiempo sigue aún siendo el capitalismo. Por muchos antídotos posmodernos con que intenten sanearlo y muchos disfraces pseudodemocráticos con que intenten arroparlo y disimularlo. El capitalismo salvaje impera ya sin tapujos ni contrapunto alguno en nuestras vidas y no parecen quedar proletarios suficientes en el mundo para unirse y conseguir derribarlo, o al menos, intentarlo. Es que ni siquiera parece que haya ya proletarios, al menos en nuestro país. Lo que hay ahora son consumidores, somos consumidores, muchos consumidores. Pero tampoco parece que el grito de “¡Consumidores de todos los países, uníos!” pueda movilizar a casi nadie. Porque lo cierto es que el régimen socialdemócrata de Felipe González se encargó de meternos en la OTAN y desmovilizarnos, desmotivarnos, desideologizarnos. Y aunque el nefasto paréntesis aznariano estuvo a punto de despertarnos de nuevo, el zapaterismo ahora parece habernos anestesiado ya definitivamente bajo la amenaza de la crisis mundial financiera. La desideologización actual de la sociedad lleva a que en la conmemoración del centenario de Miguel Hernández se oculte su condición de militante comunista, algo tan determinante para su obra como lo fue para su vida y, sobre todo, para su muerte. O, por venirnos más cerca, que ahora se recuerde el paso por este local de Rafael Alberti o Mario Benedetti obviando su condición de comunistas ilustres. Y, sin embargo, cuando ellos pasaron por aquí, ambos tuvieron a gala proclamarla con orgullo. O como Javier Egea, tan asiduo de este estrado y del que ahora tanto se escribe y se habla, y que, al entrevistarlo un día para el Diario de Granada, no se recató en declararme sin tapujos: “Yo no soy un poeta comunista. Yo soy un comunista poeta, que no es lo mismo”. Por supuesto que no era lo mismo, ni lo sigue siendo, por mucho que la desmemoria propiciada por la ola liberal posmoderna confunda comunismo con estalinismo y pretenda proscribirlo por ello mientras el fascismo nunca proscrito se revitaliza de nuevo y cobra cada vez más fuerza ante la pasividad del PSOE y el aliento del PP. ¿Tiene, pues, sentido que venga yo ahora a recordaros que fue muy cerca de aquí, concretamente a la vuelta de la esquina, donde la célula Gramsci del PCE tenía su santuario clandestino de trabajo y a consecuencia de ello consagró luego en La Tertulia su antro público de recreo? ¿Tiene sentido que, a pesar de cuantos reniegan ahora de aquella etapa, de aquella militancia, de aquella lucha, sin la cual la salida política de la dictadura franquista hubiera sin duda sido diferente, siga yo aún reivindicando su memoria, su existencia, su historia? ¿Tiene sentido que, ahora que parece como si la palabra comunista se hubiera convertido en sinónimo de apestado, hasta el punto de que algunos que lo fueron se sonrojan cuando se les recuerda, venga yo aquí a evocar el tiempo en que fue considerado un signo de tanto mérito y prestigio que hasta quienes nunca lo fueron presumían de haberlo sido? Quizás me expongo a que alguien pueda interpretar mis palabras como un canto nostálgico al “cualquier tiempo pasado fue mejor”, un panegírico al “contra Franco luchábamos mejor”. Pero no es eso, por supuesto, ni muchísimo menos. Además, cuando Tato y Cele abrieron La Tertulia, Franco llevaba ya exactamente cuatro años y seis meses bien muerto y enterrado en su faraónico mausoleo al que aún siguen acudiendo legalmente en peregrinación, para oprobio y vergüenza nuestra, los fascistas de este país a venerar su infausta memoria. La nuestra, en cambio, se nutre hoy de otros momentos, otros recuerdos, otros nombres. Nombres como los de Alejandro Barletta, Graciela Ferrari, Enrique Morente, Paco Ibáñez, Joaquín Sabina, Raúl Alcover, Aurora Moreno, Paco Moyano, Susana Oviedo, Ricardo Carpani, Rafael Pérez Estrada, Claudio Sánchez Muros, Juan Vida, Paco Castro, Javier Korral, Agustín Ruiz de Almodóvar, Mario Aciar, Pedro Moya, Juan Arrabal, Jorge Ferré, Vázquez de Sola, Peridis y Martinmorales, Óscar Ferrigno y Fabiana Gabel, Ramón Rivero, Miguel Aparicio, Celia Guevara, Daniel Moyano, Agustín García Calvo, José Luis García Rúa, José Luis Cano, Fernando Quiñones, Caballero Bonald, Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Rafael Montesinos, Luis Antonio de Villena, Javier Lostalé, José Ramón Ripoll, Jesús Fernández Palacios, Julio Herranz, Felipe Benítez Reyes, Graciela Baquero, Leopoldo Castilla, Ignacio Llamas, Antonio Rodelas, Cipriano Torres, Rafa Villegas, Antonio Ramón, Guillermo Busutil, José Ladrón de Guevara, Juan de Loxa, Antonio Carvajal, Pepe Heredia Maya, Juan Carlos Rodríguez, Mariano Maresca, Jerónimo Páez, Andrés Sopeña, Antonio Sánchez Trigueros, Paco López Barrios, Miguel Hagerty, Alejandro Víctor García, Antonio Muñoz Molina, Fidel Villar Ribot, José Gutiérrez, Rafael Juárez, Ángeles Mora, Teresa Gómez, Antonio Jiménez Millán, Álvaro Salvador, Andrés Soria Olmedo, Luis García Montero, José Carlos Rosales, Justo Navarro, este gaditano que ahora me acompaña (Juan José Téllez) y tantos y tantos otros que se me quedan en el tintero, pero entre los que no puedo dejar de recordar otra vez a los citados y llorados Rafael Alberti, Mario Benedetti y Javier Egea. Y junto a todos ellos, siempre los de Tato y Cele, a cuya presentación en sociedad con la apertura de La Tertulia yo mismo dediqué estas líneas en El País: “Hace unos meses, Tato y Cele, argentino y madrileña, llegaron a Granada procedentes de Suecia, donde el primero se encontraba exiliado. Les gustó la ciudad para cuna del hijo que esperaban y montaron este lugar de reunión para amigos de la cultura. En el número 3 de la calle Pintor López Mezquita, La Tertulia se define como café-bar, biblioteca, librería, sala de exposiciones y conferencias. Se trata de algo parecido a los book-cafés suecos y, en tan poco tiempo, ha adquirido ya un variado y valioso ambiente cultural, donde prácticamente cabe todo, con seriedad, y donde se admite a cuantas personas quieran relacionarse con las letras y las artes desde un plano espontáneo y nada oficialista. En boca de su artífice, La Tertulia es, simplemente, un lugar agradable donde se puede hacer, dar o recibir cultura mientras siempre suena de fondo buena y variada música”. Lo que no pude decir en aquella breve nota es lo que esta noche acabo antes de explicar como preámbulo y lo que voy a añadir ahora como colofón a mi intervención en el 30º aniversario del local donde mi amigo y camarada Javier Egea –para mí, su nombre y su recuerdo permanecen ineludiblemente unidos para siempre a La Tertulia– presentó una lectura mía de relatos con las palabras que más he apreciado, y sigo apreciando aún, de todas las que jamás nadie haya en público pronunciado sobre mi persona. Voy a repetir, en homenaje a su memoria, un extracto de su presentación que considero aún vigente, a saber: “Conocí a Eduardo –dijo aquella noche Javier– allá por la primera agonía del dictador. Trabajamos, junto a otros camaradas, en una célula comunista a la que Antonio Gramsci había prestado su nombre. Nos hicimos grandes amigos. Han pasado los años y seguimos siendo amigos y camaradas. Sabemos que, a pesar de vernos de tarde en tarde, no es necesaria ninguna palabra para justificarnos. Y esto no es fácil en el mundo capitalista. Pero todo está ya muy claro. Y cada día más. Por eso voy a utilizar para presentarle un texto (mi último trabajo), un poema que considero bastante argumental y expositivo (quizá con suerte también clarificador) de cómo fuimos encontrando, a través de aquellas reuniones clandestinas, aquellas lecturas comunes, aquel dolor común, la hermosa y terrible luz que hace posible que hoy les pueda hablar tajantemente de nuestra amistad, sin necesidad de falsos halagos y gratuitas perífrasis. Ustedes se preguntarán cómo es posible poner la mano en el fuego, ni siquiera tratándose de un amigo. Y yo me atrevo a afirmar, sin ningún pudor, que mientras nuestro horizonte sea el mismo (y, por tanto, la lucha por él), no sólo pondré la mano en el fuego, sino que me la dejaré abrasar muy gustosamente. Porque para eso hemos venido a este mundo: para quemarnos.” Ésas fueron sus palabras de entonces y puedo darles fe de que, 30 años después, nuestro horizonte, el suyo y el mío, y espero que también el de muchos de ustedes, sigue todavía siendo el mismo. He aquí, por fin, el poema que aquella noche me dedicó Javier y que, hoy por hoy, permanece aún inédito en letras de imprenta:

Sin saber cómo nos quedamos solos en mitad de la historia.
O quizá fue
que la soledad era como un útero blanco,
y una pregunta torpe el agua que caía gota a gota
sobre la piel de la ciudad vencida.

Sin saber cómo
temblamos al mirarnos las manos del presagio cada día:
el hueco enorme y el dolor: el éxodo.

Buscar algún recodo del camino
es parte del trabajo que nos une,
buscar lo que quedó de la alegría
en medio de un terrible silencio compartido.

Lo demás huelga, hermano, camarada.

El único programa del gobierno es saber lo que eres,
por qué vas por la calle,
por qué alumbras a veces y te apagas de golpe,
es saber que a pesar del parlamento
florecen los almendros y se agotan
y no estamos allí sobre la tierra
atentos a la extraña dimensión
de las hojas rotas, perdidas,
como aquella ponencia que se quedó en el gesto de los héroes
que nunca hicieron falta: la voz innecesaria: la arena y la palabra.

Sin saber cómo nos vamos viendo tristes
y no estamos allí recogiendo el agua a borbotones.

Que hay que gobernar este mundo con besos.
Lo demás hojarasca, ceniza, tiempo roto.
Lo demás es la muerte, es andar por la historia
sin saber la distancia que separa tu mano de la mía.
[Javier Egea. Granada, marzo de 1980.]"

domingo, 3 de enero de 2010

"Lorca, Gibson, el olivo y los huesos" (Ideal, 3 de enero de 2010, pg. 29)

Nacido en Irlanda y nacionalizado español desde hace ya varias décadas, el hispanista Ian Gibson es, sin lugar a dudas y mal que les pese a tantos detractores y envidiosos, la persona que más tiempo y fervor ha dedicado a investigar y desvelar la intensa y prolífica biografía de Federico García Lorca, incluidos sus últimos y trágicos días. Por eso es comprensible que se muestre dolido por no haber sido consultado a la hora de desarrollar el proyecto, elaborado por la Asociación de la Memoria Histórica de Granada y financiado por la Consejería de Justicia de la Junta de Andalucía, para la localización y excavación arqueológica de la fosa donde supuestamente yace enterrado, desde la fatídica madrugada del 19 de agosto de 1936, el más grande y universal escritor granadino de todos los tiempos, junto al maestro de Pulianas Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, ambos militantes anarquistas.
Porque, por mucho que la Asociación haya actuado a petición de los familiares de Galindo y Galadí, y con la oposición explícita de los de García Lorca, lo cierto es que eran el nombre, la fama y el simbolismo de este último los que originaron la enorme expectativa pública y el inusitado interés informativo de numerosos medios de comunicación de todo el mundo alrededor de la carpa instalada en el parque de Alfacar para proteger de curiosos e impertinentes los trabajos de la excavación. Que éstos hayan concluido con la constatación científica de que dentro del perímetro estudiado nunca existió enterramiento alguno de restos humanos, no invalida ni contradice, sin embargo, la veracidad de los indicios que apuntan hacia dicho lugar como el más probable para la ubicación de la famosa y tan buscada fosa lorquiana, que muy bien podría hallarse en las inmediaciones de dicho perímetro, al otro lado de la valla del parque. De ahí que el decepcionante resultado de la excavación recién terminada sólo deba servir para confirmar la idea de que, como apuntaba Ian Gibson el pasado miércoles en el diario El País, lo que hay que hacer ahora es seguir buscando más allá de los límites del parque. Porque, ciertamente, que no hubiera fosas a un lado del barranquillo que delimita el parque no significa que no las pueda haber al otro lado, es decir, en el terreno actualmente plantado de pinos. Y, para constatar o desechar esta posibilidad, la única vía científicamente admisible es, una vez más, la de la excavación arqueológica.
Ahora bien, como uno de los nueve informadores que comparecieron ante la Comisión de Encuesta creada por la Diputación Provincial de Granada, a finales de 1979 y a iniciativa de su presidente José Sánchez Faba, para la identificación y adquisición pública del paraje donde habían sido fusilados y enterrados Lorca y sus desafortunados compañeros de destino, así como fundador y miembro de la junta directiva de la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica, tengo que puntualizar aquí un par de imprecisiones deslizadas en el citado y excelente artículo del escritor hispano-irlandés.
En primer lugar, debo señalar que, al igual que Agustín Penón en 1955 y el propio Gibson en 1966 y 1978, yo también tuve ocasión de hablar con Manuel Castilla (Manolo “el comunista”) cuando, en la primavera de 1972, realizaba la investigación para mi tesis en la Escuela Oficial de Periodismo (más tarde convertida en libro y publicada en 1975 por la editorial Akal con el título de Muerte en Granada: la tragedia de Federico García Lorca), y también a mí me señaló, sin lugar a dudas, el famoso olivo que el hispanista había fotografiado para su libro de Ruedo Ibérico y del que yo mismo incluiría más tarde en el mío una instantánea de Chituela Espinós. Aunque por desgracia no conservo las notas de mi entrevista con él, al leer el artículo de Ian he recordado con claridad meridiana que también a mí me dijo más o menos literalmente lo de “en un roal de cinco a diez metros alrededor del olivo”.
No obstante, tengo entendido (así se me dijo entonces por los responsables de la institución provincial) que, cuando se compraron los terrenos para la ubicación del futuro parque dedicado “a la memoria de García Lorca y de todas las demás víctimas inocentes de la guerra civil”, las dos parcelas separadas por el barranquillo al que se refiere Gibson eran de distintos propietarios, negándose tajantemente a su venta los dueños de la parcela donde se encuentran los pinos, por lo que se decidió adquirir sólo la que comprendía el citado olivo señalado por Castilla como referencia inequívoca de identificación del enterramiento de los restos del poeta y las otras tres personas que junto a él corrieron su misma suerte. De hecho, la parcela de los pinos sigue siendo de propiedad privada, y de ahí que en las recientes excavaciones arqueológicas promovidas por la Asociación de la Memoria Histórica no haya sido posible traspasar la linde del parque público por carecerse del pertinente permiso de sus dueños. Ahora parece, pues, llegado el momento de conseguirlo.
Y en segundo lugar, hay que aclarar que, cuando se ejecutaron las obras del parque en 1986, el gobierno de la Diputación granadina no estaba en manos del PSOE, sino de un grupo organizado de antiguos militantes socialistas conocidos en Granada por el nombre de “los catetos”, que se hicieron con el poder provincial a riesgo de su expulsión oficial y que años después acabarían ingresando en su mayoría en el Partido Andalucista. Entre ellos, en efecto, figuraba como vicepresidente segundo Antonio Ernesto Molina Linares, a cuyas declaraciones sobre la aparición y el nuevo enterramiento de los presuntos restos de los fusilados en 1936, publicadas en IDEAL el 20 de octubre de 2008, sinceramente, nunca les he dado la más mínima credibilidad. Es cierto que, en honor a la verdad, hablando en cierta ocasión con el diputado responsable entonces de las obras del parque, José Antonio Valdivia, éste nos confesó a Antonio Mora y a mí mismo que se habían encontrado unos cuantos huesos junto a la cuneta de la carretera y lejos ya del olivo, pero que “ni tenían aspecto de ser humanos ni, en todo caso, eran suficientes para completar los restos de un solo individuo”.
En cuanto a las manifestaciones realizadas, en el mismo sentido que Ernesto Molina, por el ex funcionario del Patronato García Lorca y actual alcalde de Jun, José Antonio Rodríguez Salas (éste, sí, del PSOE), hace tiempo que son bastante conocidas, entre la clase política y los periodistas de Granada, tanto su desbordante tendencia a la fantasía como su desmesurada megalomanía y afán de protagonismo, baste sólo citar a este respecto su última ocurrencia: la entrega de un premio en nombre de su pueblo, aunque sin permiso del pleno municipal ni previo referéndum cibernáutico, al ‘capo’ de la telebasura en nuestro país, Jorge Javier Vázquez, en cuyo popular programa Sálvame estuvo el alcalde junero chupando cámara toda una tarde. Y aunque no sé si se dignará a dar explicaciones sobre ello a sus compañeros de corporación o a sus vecinos, lo cierto es que, respecto al tema que aquí nos ocupa, y como bien apunta Gibson, tanto él como el ex vicepresidente provincial tienen la obligación de darlas. Porque, de ser cierto lo que hace poco más de un año dijeron en este periódico, habrían podido incurrir en algún tipo de responsabilidad legal, al no haber puesto en su día el hallazgo en conocimiento de la autoridad judicial competente.
En cualquier caso, me apunto a la petición hecha por Ian Gibson, en nombre del interés común y de la verdad histórica, así como en cumplimiento de la propia ley de la Memoria Histórica, para que el Estado, ya sea por iniciativa del Gobierno central, ya de la Junta de Andalucía, se decida de una vez a localizar, exhumar y enterrar dignamente (aunque fuese en el mismo lugar donde aparecieran sus restos) al más célebre poeta granadino de todos los tiempos, convertido a su pesar, como Víctor Jara en el Chile de Pinochet, en símbolo universal de la represión franquista en nuestro país. Y aunque todos estemos de acuerdo con el lema de que “Lorca eran todos”, se cumpliría así de paso el objetivo del proyecto impulsado por la Asociación de la Memoria Histórica de Granada a petición de familiares de “los fusilados con Lorca”.

domingo, 31 de mayo de 2009

Otro ajeno sobre Benedetti

A continuación reproduzco la columna publicada por Olalla (sistercastro) en homenaje a Benedetti el martes 19 de mayo en el diario La Opinión de Granada.

Al poeta discreto

Fue, junto con Neruda, quien llenó de versos las primeras heridas, quien inauguró mi conciencia política y poética, dando nombre a embrionarias rebeliones, que surgieron al albor de las primeras dudas y sospechas. Fue el poeta con el que abandoné la infancia y descubrí tristezas y trincheras, y hubo un tiempo en el que convertí en ritual recorrer sus versos discretos y sencillos, ésos de los que nadie habló después en los círculos universitarios, ésos que parecía de mal gusto citar entre poetas. Cuando llegaron Borges, Joyce, Kafka, Musil o Dostoievski, cuando el paisaje literario se volvió denso, llenando de prosa mis predilecciones, cuando parecía que había que arrepentirse o avergonzarse, no me ruboricé al declamar de memoria sus estrofas (somos torpes o demasiado cautos / pensamos que la batalla es nuestra o de ninguno), al encabezar mis trabajos con sus versos (no te salves ahora ni nunca / no te salves); no supe, no pude abandonarle. Siempre me pareció mezquina la soberbia con que los intelectuales abjuraban de él, el desprecio abyecto de algunos elitistas que tachaban sus versos de infantiles, que describían su tierna ingenuidad como una tara. Y, aunque lo fui relegando un poco, sin casi darme cuenta, más por necesidad de hacer hueco a otros hallazgos que por purismo, siempre hubo quien me obsequió con un último poemario que yo leía con enorme cariño, fiel a la ternura y al respeto que el poeta me inspiraba. Así, sus versos envejecieron delante de mis ojos, se llenaron de arrugas y de canas, se encorvaron suavizando nostalgias y recuerdos, relativizando victorias y derrotas, haciendo de la memoria y de la espera de la muerte un refugio tranquilo (Me he quedado con las manos vacías / esperando que alguien me convoque). Me conmovió la belleza apocada de su escritura postrera (A los ochenta las paredes miran / y a veces hablan y aseguran / que todavía no van a derrumbarse), la forma en que Benedetti presentía la muerte, a veces con estoicismo (La juventud está tan lejos / la infancia tan remota / las pugnas tan perdidas / que no hay que buscar más / porque es inútil), a veces con vetas de rabia, agitándose aún al sentirse vencido (No quise ser escarcha / y sin embargo / me arrinconó la vida). Me provocó una ternura infinita su imagen dulce de abuelo de todos, su voz apagada, esa forma suya de leer los versos como quien lee para sí mismo, seguro de que no vale la pena alzar la voz para tan poca cosa como un verso. Me conquistaron su humildad y su decoro, su forma de huir de la estridencia, la lección sin precio de su huella discreta. Y hoy le lloro porque, a estas alturas, su rostro familiar, su poesía tantas veces compañera, su murmullo literario que lleva casi dos décadas conmigo, me hacen quererle como a un maestro, admirarle como se admira a un viejo amigo.
Olalla Castro.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Va por Benedetti

Como homenaje personal a Mario Benedetti, reproduzco a continuación, para inaugurar este blog, el artículo por mí publicado en la sección "Puerta Real" del diario 'Ideal' de Granada, un sábado del verano de 2004, días antes de la reunión del jurado que falló el primer premio internacional de poesía Ciudad de Granada-Federico García Lorca, al que el poeta uruguayo era aquel año candidato (fallido, como en sucesivas ediciones).

Va por Benedetti

Dicen las malas lenguas que el premio Lorca de poesía ya está dado y a cambio de un favor. O de un futuro sillón, que para el caso viene a ser lo mismo. Y aunque yo no les conceda crédito alguno, será el tiempo, por supuesto, quien se encargue de confirmar o desmentir los malintencionados rumores que de un tiempo a esta parte se vienen difundiendo en tal sentido por los círculos literarios de la ciudad. Alguien debería salir al paso de tales bulos antes de que el jurado dé a conocer su fallo el próximo martes, pues luego podría ser quizás demasiado tarde si el nombre del premiado coincide con el que ahora se rumorea, por mucho que éste pudiera merecerlo y muy limpia que hubiese sido la votación, y conste que a mí no me cabe la menor duda de que así lo será. Sin embargo, de no haberse aclarado antes el entuerto, flaco favor se le haría entonces a la credibilidad de un galardón internacional que aúna el nombre de la ciudad de Granada con el de Federico García Lorca, y que no en vano aspira a convertirse en el ‘Cervantes’ de la poesía.
Cierto es que nadie me ha dado vela en este entierro (ni siquiera fui invitado, como tantos otros colegas, a su presentación oficial), pero como uno tiene su ‘corazoncito’ y sus preferencias literarias, aparte de cierta querencia ‘lorquiana’ (avalada por varios libros y decenas de artículos, entrevistas, reportajes y columnas de opinión sobre nuestro poeta más universal), no he podido resistir la tentación de abrir la página ‘web’ editada por nuestro Ayuntamiento en Internet, para participar en el sondeo que se está realizando para conocer, sólo a título informativo, los favoritos de la opinión popular. Y, como ya habrán adivinado por el título de arriba, he votado por Mario Benedetti. No sólo porque de ganar el uruguayo se silenciarían de inmediato todas las habladurías, sino porque sinceramente creo que, de las candidaturas propuestas, la suya es la que más méritos reúne y mayor prestigio daría al premio en esta primera convocatoria.
Repasen tan sólo la bibliografía del ‘aguafiestas Benedetti’ (como cariñosamente lo bautizó en 1995, desde la otra orilla del Río de la Plata, su biógrafo y tocayo Mario Paoletti) y comprobarán que su obra alcanza cotas de calidad literaria y compromiso social difícilmente superables por la de ninguno de los restantes candidatos conocidos. Que me perdonen Caballero Bonald y Rafael Guillén, buenos amigos y mejores poetas, pero desde que lo conocí en Granada (cómo olvidar aquella noche mágica en ‘La Tertulia’) Benedetti me dejó cautivado para siempre con sus versos, cuya profundidad y belleza tanto ayudaban a subrayar la ternura de su mirada y su entrañable acento porteño. Y aunque todavía goce por fortuna de buena salud, no debe olvidarse que el autor de ‘Inventario’, ‘Gracias por el fuego’ o ‘Pedro y el capitán’, por citar sólo tres de sus títulos más representativos, ha cumplido ya 84 años, sin que su obra haya sido aún reconocida con el Nobel o el Cervantes, a pesar de haber optado a ellos en distintas ocasiones. Así, pues, la concesión del premio Lorca no sólo podría reparar esta injusticia, sino permitirnos disfrutar de nuevo de la presencia del ‘aguafiestas’ en Granada. Cuánto daría por oír en su voz los versos de su poemario más reciente, ‘El mundo que respiro’: “A los ochenta las paredes miran / y a veces hablan y aseguran / que todavía no van a derrumbarse / pero uno por si acaso sale a la intemperie / y encuentra que es un refugio acogedor”.