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miércoles, 19 de junio de 2013
Recuerdo de Al Mutamid en Sevilla, acompañado por la hermosa canción de Carlos Cano
EL VINO DE AL-MUTAMID
(poema inédito de Eduardo Castro)
"El vino esparcía resplandor
a la par que la noche extendía
un manto de oscuridad."
(Al-Mutamid)
Por más que recorro Sevilla,
no encuentro ya palmeras que te dieran sombra,
naranjos que surtieran tu mesa.
Las aguas que te acompañaron río abajo
se perdieron para siempre en el mar
cuando cruzabas el estrecho camino del destierro.
Ni siquiera el azahar que perfuma el aire a mi paso
es ya el mismo que alegrara tus noches de primavera.
Deambulo incansable desde hace años por la ciudad que amaste
sin hallar en sus calles más rastro de tu recuerdo
que algunos versos rescatados por mi memoria
entre los muchos que le dedicaste y aún permanecen aquí
suspendidos en el aire. Con ellos consuelo
la frustración de tu perdido legado.
Brindaré, pues, una vez más
en honor de tu poesía dionisíaca.
Beberé hoy este vino como si fuera el mismo que tú bebías.
Así, al posar la copa sobre mis labios
pensaré en la hermosa boca de la amada
para libar, como tú, el divino licor de su saliva.
Y, embriagado por fin con el sagrado fruto de la uva,
recitaré una vez más aquel poema tuyo que, viejo y cansado,
tragándote las lágrimas para no dar gusto a tus guardianes,
cantabas de noche en la oscuridad de tu celda
cuando no esperabas de la vida en el exilio
más recompensa que una muerte redentora…
(Sevilla, marzo de 2013)
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Vino
martes, 8 de junio de 2010
Homenaje a Carlos
Como aportación al homenaje que esta tarde se le rinde a Carlos Cano en el Carmen de la Victoria, reproduzco aquí (corrigiendo el error detectado en su día por Paca Rimbau) la columna que publiqué en Ideal con motivo del aniversario de su muerte.
UN AÑO SIN CARLOS
(Ideal, Granada, 22 de diciembre de 2001)
“Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida misma es como un canto”, cantaba en su día Mercedes Sosa. Todo un canto a la vida fue, precisamente, la vida toda de Carlos, a quien hace ahora un año tan amargamente nos arrebató la muerte. Tan sumidos en la tristeza quedamos aquel 19 de diciembre todos cuantos lo queríamos, que a algunos se nos atragantó a lagrimones el duro trance de despedirlo. “¡Es como si se nos hubiera caído la Alhambra encima, niño!”, me dijo esa tarde Enrique Morente, emocionado ante la multitudinaria manifestación de duelo y pesar protagonizada por las más de 20.000 personas que desfilaron por la capilla ardiente del Ayuntamiento para dar su último adiós a Carlos. Fue, sin duda, el mejor homenaje que Granada podía rendir a su cantor-poeta, un artista que había empezado reivindicando la esencia multicultural del pueblo andaluz y terminó dignificando la copla, sin dejar por ello de interpretar en ningún momento, tanto en su vida profesional como en su práctica cotidiana, la solidaridad con los más débiles.
Alguien ha escrito estos días que, desde su muerte, está de luto la copla. Pero cómo olvidar su Salustiano, la miseria, el baile del abejorro, la morralla, el milagro del Palmar, la murga de los currelantes, la Contraviesa, la canción de los marineros, Andalucía Superstar, la rumba del pai-pai, las crónicas granadinas, las casidas y gacelas lorquianas, el bando, el caso Almería, el pasodoble a Gerald Brenan, el tango de las madres locas, las habaneras de Cádiz (perdón, de Cai), María la portuguesa, el último bolero (“este bolero embriagador, madame”)... y, sobre todo, su canto a la ‘verde y blanca’, no en vano considerado como el himno oficioso de la autonomía andaluza: “Ay, qué bonica verla en el aire, quitando penas, quitando hambres, verde, blanca y verde”. Y qué bonica, igualmente, sobre el féretro del poeta-cantor en el tránsito de su último viaje...
Por eso, más que la copla, yo diría que están de luto la poesía, el cante, la música y Andalucía entera. Porque, con su muerte, a todos cuantos lo queríamos –y éramos muchos, a pesar de su seriedad y su malafollá– se nos cayó un poco la Alhambra encima. Y por eso, también, no puedo dejar de afear aquí el indiferente silencio oficial y casi generalizado con que, hasta anoche mismo, se había recordado en Granada el primer aniversario de tan señalada efeméride. A los suyos, sin embargo, nos quedará siempre el consuelo de su enorme y valioso legado musical, poético y humano.
Como me decía hace unos días José Saramago en la cafetería del aeropuerto, antes de regresar con su esposa Pilar del Río a Lanzarote, la poesía y la música de Carlos no le pertenecían ya ni siquiera a él mismo, sino al pueblo. Por ello, mal que les pese ahora a tantos de aquí, de allá o de maracuyá, su presencia continuará siempre viva en la memoria de cuantos lo amaban como persona, al tiempo que lo admiraban como cantor.
UN AÑO SIN CARLOS
(Ideal, Granada, 22 de diciembre de 2001)
“Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida misma es como un canto”, cantaba en su día Mercedes Sosa. Todo un canto a la vida fue, precisamente, la vida toda de Carlos, a quien hace ahora un año tan amargamente nos arrebató la muerte. Tan sumidos en la tristeza quedamos aquel 19 de diciembre todos cuantos lo queríamos, que a algunos se nos atragantó a lagrimones el duro trance de despedirlo. “¡Es como si se nos hubiera caído la Alhambra encima, niño!”, me dijo esa tarde Enrique Morente, emocionado ante la multitudinaria manifestación de duelo y pesar protagonizada por las más de 20.000 personas que desfilaron por la capilla ardiente del Ayuntamiento para dar su último adiós a Carlos. Fue, sin duda, el mejor homenaje que Granada podía rendir a su cantor-poeta, un artista que había empezado reivindicando la esencia multicultural del pueblo andaluz y terminó dignificando la copla, sin dejar por ello de interpretar en ningún momento, tanto en su vida profesional como en su práctica cotidiana, la solidaridad con los más débiles.
Alguien ha escrito estos días que, desde su muerte, está de luto la copla. Pero cómo olvidar su Salustiano, la miseria, el baile del abejorro, la morralla, el milagro del Palmar, la murga de los currelantes, la Contraviesa, la canción de los marineros, Andalucía Superstar, la rumba del pai-pai, las crónicas granadinas, las casidas y gacelas lorquianas, el bando, el caso Almería, el pasodoble a Gerald Brenan, el tango de las madres locas, las habaneras de Cádiz (perdón, de Cai), María la portuguesa, el último bolero (“este bolero embriagador, madame”)... y, sobre todo, su canto a la ‘verde y blanca’, no en vano considerado como el himno oficioso de la autonomía andaluza: “Ay, qué bonica verla en el aire, quitando penas, quitando hambres, verde, blanca y verde”. Y qué bonica, igualmente, sobre el féretro del poeta-cantor en el tránsito de su último viaje...
Por eso, más que la copla, yo diría que están de luto la poesía, el cante, la música y Andalucía entera. Porque, con su muerte, a todos cuantos lo queríamos –y éramos muchos, a pesar de su seriedad y su malafollá– se nos cayó un poco la Alhambra encima. Y por eso, también, no puedo dejar de afear aquí el indiferente silencio oficial y casi generalizado con que, hasta anoche mismo, se había recordado en Granada el primer aniversario de tan señalada efeméride. A los suyos, sin embargo, nos quedará siempre el consuelo de su enorme y valioso legado musical, poético y humano.
Como me decía hace unos días José Saramago en la cafetería del aeropuerto, antes de regresar con su esposa Pilar del Río a Lanzarote, la poesía y la música de Carlos no le pertenecían ya ni siquiera a él mismo, sino al pueblo. Por ello, mal que les pese ahora a tantos de aquí, de allá o de maracuyá, su presencia continuará siempre viva en la memoria de cuantos lo amaban como persona, al tiempo que lo admiraban como cantor.
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